Hace un momento me ha pasado una cosa un tanto dramática, al menos desde mi punto de vista. Tengo por costumbre ir a nadar. No es que me avergüence que los demás me vean desnudo, al contrario, me gusta pensar que en la intimidad a voces de un vestuario masculino, todos nos sentimos igual de imperfectos. El caso es que, a diferencia del resto de hombres que se desvisten de calle para vestirse con sus bañadores, gafas estilo ojos de mosca y gorritos de plástico de distintos colores yo tengo un motivo para sentirme imperfecto, y es que yo llevo una prótesis.
Jamás de los jamases he recibido un sólo comentario malintencionado sobre mi discapacidad, mi minusvalía, mi tara, mi necesidad especial, mi disfuncionalidad o cualquier otro nombre convenido socialmente para definir mi condición de amputado. Alguna vez un amigo hizo la broma con aquello de "de entre toda la gente que conozco, tú eres el único que verdaderamente duerme a pata suelta". Ja, ja, ja. Más bien he experimentado todo lo contrario: quienes me ven en la piscina me saludan y me preguntan qué tal me ha ido el día, me dicen que tengo un par de cojones bien grandes por hacer lo que hago, se admiran de mí y me respetan. Los niños, con sus ojos enormes y llenos de ingenua curiosidad, se acercan a mi pierna cuando está aparcada junto a un banco de plástico cerca del agua, mientras nado, y la escrutan y comentan entre ellos y se preguntan para qué será esa válvula, esa tuerca o ese botón que asoma por encima de lo que parece la rodilla de Ironman.
Así, nunca he sido objeto de burlas, al menos que yo recuerde o sea consciente. No obstante, como decía al principio, hoy he ido a la piscina; he ido y he vuelto, sin atreverme a pasar del vestuario. He llegado, me he cambiado, he mirado dentro y he visto la piscina atestada de gente. Se me ha hecho un nudo en el estómago, he dado media vuelta y he entrado de nuevo en el vestuario. Me he vuelto a cambiar la ropa, he recogido mis objetos personales, lo he guardado todo en mi mochila y he salido lo más rápido que he podido de allí. ¿Por qué he hecho eso?, por la gente, la misma gente que ni me conoce ni me juzga, que jamás ha emitido comentario alguno, sino que simplemente me ven y se admiran de que alguien como yo acuda a nadar y se quite su prótesis delante de todos.
Al salir le he preguntado a la recepcionista si podía volver por la tarde. Ella ha arqueado una ceja y me ha dicho "Tú puedes venir cuando quieras, las veces que quieras a la hora que quieras, como si quieres venir tres veces al día". Entonces, ¿por qué no ahora?, me he preguntado a mí mismo. Pero he vuelto a casa.
Sin duda, para alguien como yo, que lleva veinticinco años de amputado y cinco de ellos nadando, ha sido un paso atrás, una recaída en la vergüenza, en la incomodidad que sufrimos todos lo amputados cuando tenemos que dar a conocer al mundo nuestra condición. Entonces es cuando más solos nos sentimos. Pero ésa no es la verdad, nada podría estar más lejos de ella. La amputación es un hecho, los amputados formamos parte de las sociedades en las que vivimos y la mayor parte de la gente, que son buena gente, nos admira. Nosotros nos levantamos cada mañana, vamos a trabajar o a estudiar, vamos a nadar, a hacer pesas o a correr con nuestras prótesis. Nosotros nos levantamos cada mañana para enseñarle al resto de la gente lo que es la vida, nuestra vida, la vida de todos.
Por eso, si bien faltar un día a la piscina o al gimnasio o a una salida de bailoteo con los amigos, si bien darse por vencido o vencida un día es un paso atrás, no rendirse son diez pasos hacia adelante. Así que mañana cogeré mi mochila, iré a la piscina, me quitaré la prótesis, me des-a-nudaré y me hundiré en el agua, salpicaré a todos con mi alegría porque quiero nadar. Y así será el día siguiente y el de después.